Biografía

BIOGRAFÍA

José Manuel García Gómez nació en la calle Cervantes de Cádiz en 1930. Su infancia trascurrió en el entorno  de la plaza de San Antonio, en un Cádiz marcado por el estruendo y la sinrazón de la Guerra Civil.

Primero nació el poeta, el hombre de cultura que dio forma a la revista Caleta, en la que aparecieron las principales firmas de la poesía del momento, desde Rafael Alberti a Vicente Aleixandre.  Su amor a Cádiz no solo puede encontrarse en su poesía. También en varios de sus gestos y actitudes. Una de ellas le llevó a salvar del derribo al Arco de la Rosa, una de las antiguas entradas medievales de la ciudad. En los años sesenta el profesor fue conviviendo con el versificador, hasta que en la mente de García Gómez empezó a fraguarse una hermosa idea, la de fundar un colegio en el que se educaran cientos de gaditanos, aportando una visión nueva, renovadora a la educación de la ciudad.

El escritor José Luis Ferris publicó en el año 2007 una biografía sobre la poeta Carmen Conde titulada Vida, pasión y verso de una escritora olvidada. En aquellas páginas el autor alicantino trata de rescatar del olvido a la poeta Carmen Conde en una biografía exhaustiva y extraordinariamente documentada. El caso de Carmen Conde es muy habitual en la literatura donde podrían constatarse muchos ejemplos de olvidos que pueden ser tachados en algunos casos de comprensibles pero que en otros casos están totalmente injustificados. El título del libro de José Luis Ferris sobre Carmen Conde podría perfectamente ajustarse a José Manuel García Gómez, un poeta olvidado en su propia ciudad pese a la significación que tuvo en un determinado momento en la proyección de la poesía gaditana de los años cincuenta y sesenta.

Las razones de este olvido quizá haya que buscarlas en el alejamiento progresivo del poeta gaditano de los círculos de influencia literaria, en su búsqueda de otros horizontes a partir de la creación y dirección del Colegio Argantonio, tarea a la que se encomendó en cuerpo y alma durante cerca de veinticinco años. Pero si nos remontamos a todo lo que antecede a la fundación del Colegio Argantonio en 1970 hay que decir que José Manuel García Gómez brilla con luz propia en la poesía andaluza de su tiempo dirigiendo los destinos de una revista singular como Caleta y creando unas bases y un espíritu sin el que no puede entenderse todo lo que vino después en la poesía gaditana.

Al poeta lo imaginamos asomado al oleaje brusco de un tiempo de otoño o a la campana frágil de la infancia. Le seguimos persiguiendo amores por la playa, recitando a los poetas que ama desde que tiene uso de razón y huyendo de la muerte que no deja de ser una presencia cercana en un mundo que acaba de salir de la conmoción de una guerra y de la conmoción de las pérdidas que de ella se derivan.

José Manuel García Gómez es un poeta cuya niñez está marcada por la Guerra. Seis años después de su llegada al mundo estalló la guerra civil española, preludio de aquello que escribiera Jaime Gil de Biedma sobre España y su triste historia: «de todas las historias la de España es la más triste».

Tristeza inmedible la de la miseria, la del miedo a saltarse las normas, la de la oscura soledad de las calles, la del viento desconocido golpeando el frágil quicio de las puertas de una ciudad que trataba de incorporarse poco a poco a la normalidad. La calle Cervantes con su desembocadura en la Plaza de San Antonio constituyó el lugar por el que trascurrió la infancia de José Manuel García Gómez. La casa del poeta será el lugar de encuentro de la poesía de aquel momento. Por allí pasarán Rafael Montesinos o José Hierro o los hermanos Murciano que se quedan en ocasiones a dormir. Muchos poetas serán recibidos por García Gómez y buscarán en él su consejo y su generosa reseña en algún medio.

Cervantes 22 supone el eco quijotesco de la aventura de la poesía sobre el mar antiguo de Cádiz. Las cartas que se cruzaban los poetas edificaron todo un universo lírico de ecos muy sutiles, de versos y de suspiros que dieron forma y sentido a un tiempo de escasez y desamparo donde dolían las noches en vela y el catecismo, los poetas prohibidos y los vagabundos hacinados en cualquier esquina.  Testigos de aquella poesía en floración constante fueron los padres del poeta (Eusebio y Amalia) y su hermana Ana María que participó activamente en todo el movimiento literario que surgió en torno al Grupo Caleta en los años cincuenta.

La juventud del poeta tuvo que convivir porque no quedaba otra alternativa con los rigores propios de la posguerra, A las dificultades derivadas de aquel tiempo habría que sumar una fecha trágica en la historia de la ciudad de Cádiz. El 18 de agosto de 1947 se produce una explosión causada por un incendio en un almacén de minas de las defensas submarinas de Puntales.  Este suceso causó un gran número de víctimas y  provocó numerosos daños materiales. Fue un duro golpe también para los astilleros gaditanos que atravesaban un momento sumamente delicado. Son años marcados por la incertidumbre en los que José Manuel García Gómez finalizó sus estudios de Bachillerato en el instituto Columela.

Desde muy temprana edad el poeta García Gómez escribe sus primeros versos, odas transidas de religiosidad y primeros balbuceos amorosos que no terminan dando ningún fruto. Estos primeros tanteos son consecuencia directa de la lectura de los clásicos y del encuentro con poetas contemporáneos como Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado. En un corto intervalo de tiempo el poeta empieza a madurar en su poesía y encuentra en la experiencia íntima del verso un modo de arrinconar el peso de una realidad que no era precisamente luminosa.

José Manuel García Gómez pertenece cronológicamente a la Generación Poética del Cincuenta que en algunos manuales aparece también con la denominación de Segunda Generación de Posguerra. Hay quien prefiere hablar de promociones o de grupos cuestionando la pertinencia del término generación. Dentro de esta generación se ha destacado por encima del resto al denominado grupo catalán formado por  poetas de la entidad de Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Alfonso Costafreda o Enrique Badosa. Pero más allá de este fuerte núcleo catalán existen otros grupos que merecen una gran atención y uno de los más destacados es el que se forma en Andalucía.

Cádiz será un foco importante de actividad poética en los años cincuenta. José Manuel Caballero Bonald retrató aquel tiempo en la primera entrega de sus memorias Tiempo de guerras perdidas. Nos encontramos ante una época en la que José María Pemán ejercía gran influencia en la poesía gaditana y toda iniciativa para que prosperara parecía que debía contar con su aprobación. José Manuel García Gómez recordará con afecto a Pemán, aunque no faltarán situaciones en las que su omnipresencia despierte cierto sentimiento de rebeldía tal como recordaba el poeta sevillano Manuel Mantero en un momento de sus memorias que se editaron con el título Había una ventana de colores:

Pese a algún que otro incidente aislado Pemán ejercería una influencia poderosa e innegable en José Manuel García Gómez. Al magisterio de Pemán habría que añadir el que ejercía el profesor Miguel Martínez del Cerro al que José Manuel García Gómez recordará siempre con cariño. El autor de Un paseo por Cádiz será también una referencia importante para el grupo que surge en torno a la revista Caleta.

José Manuel García Gómez comienza a publicar sus poemas en revistas literarias y en periódicos en los primeros años cincuenta. Por un lado hallaremos rastros del poeta amoroso que empieza a plantear la posibilidad de publicar un libro titulado La pared íntima. Algunos de estos poemas aparecen en la propia revista Caleta pero nunca llegarán a agruparse en un libro. Por otro lado el poeta muestra una predilección por la poesía religiosa y por la reflexión mística moviéndose aquí en un territorio más predecible y más sujeto a las circunstancias.

Además del poeta amoroso y del religioso que en ocasiones se funden podríamos sumar su faceta de cantor de su ciudad con una serie de odas en la que más allá de algunos tópicos se ofrecen imágenes certeras como las que conforman el poema «Cádiz desde la Torre Tavira» que publica en 1976 y que se engloba en una etapa de escasa producción en su obra. La imagen de Cádiz en este poema huye de la estampa preciosista para ofrecer una lectura de la ciudad que atiende a sus luces pero también a sus sombras.

El manotazo impredecible de la muerte invade otros asuntos en los que se sumerge el poeta con poemas elegiacos de gran profundidad como el que titula «Los muertos» o el que dedica a Antonio Machado. Los poemas de José Manuel García Gómez aparecen en su propia revista Caleta y en otra serie de publicaciones como es el caso de la revista Alcaraván de Arcos de la Frontera, de la revista malagueña Caracola de José Luis Estrada Segalerva o de la jerezana Capitel del poeta roteño Ángel García López.

El grupo Alcaraván nace en Arcos en 1949 y en él junto a los activísimos hermanos Murciano destaca por su genio poético Julio Mariscal Montes al que Juan de Dios Ruiz Copete considera entre los poetas de mayor rango en su estudio sobre la nueva poesía gaditana publicado en 1973. José Manuel García Gómez mantendrá siempre un gran afecto por Julio Mariscal que colaborará asiduamente en Caleta. Ya en la quinta marea de la revista encontramos un poema suyo y en la sexta Caleta aparecen tres poemas de un futuro libro del poeta que se titulará Poemas de ausencia y que se publicará en la colección Lazarillo de Madrid en 1957.

Julio Mariscal y José Manuel García Gómez se confiarán mutuamente a través de las cartas y de los encuentros personales que irán creando una amistad verdadera. En alguna ocasión Julio Mariscal aconsejará a García Gómez no guiarse para su Caleta por los nombres de los poetas sino por la calidad de los poemas. También le confesará sus depresiones, su miedo a leer en público y su agradecimiento por el lugar que el poeta gaditano supo darle entre los poetas de su tiempo. Cuando Julio Mariscal encaje mal los golpes de la vida y muera José Manuel García Gómez proyectará un número de Caleta dedicado a su memoria pero este número nunca verá la luz.

El poeta sevillano Manuel Mantero en la introducción a su libro Poetas españoles de posguerra, señala la dificultad de creación en la España de los años cincuenta, una dificultad que no es exclusiva de aquel periodo. El poeta aparece, en la mayor parte de los casos, como una isla, obligado a componer sus versos casi a escondidas. Esta clandestinidad obligada cercena toda posibilidad de difusión, de encontrar salidas y estímulos. El Estado termina arrinconando la cultura, ni la incentiva ni le proporciona los medios idóneos para expresarse  y la ubica en una marginalidad dolorosa. La siguiente carta de Manuel Mantero dirigida a José Manuel García Gómez es muy interesante por cuanto refleja ese difícil contexto para la poesía andaluza al que estamos aludiendo:

«José Manuel, ¿Cuántos sonetos, cuántos versos hace que te conozco? ¿Y cómo me vino esta amistad con vosotros los poetas de Cádiz? Entrañablemente os tengo en mi corazón: Tejada, Carlos y Antonio Murciano, Julio Mariscal… y tú, José Manuel, verdadero y fiel a tus murallas salinamente ventiladas. Recuerdo la primera vez que nos vimos, allá en la calle Laraña. Tú me esperabas en unión de Ángel García López. Habías venido de Cádiz con Generoso Medina, el poeta uruguayo. Nuestra amistad tenía base y futuro. Eran tiempos ( y era ayer mismo) de afilar la pluma y la intención. Luchábamos por nosotros mismos, por nuestro verso. Hoy, José Manuel, quizá sea preciso luchar menos. Las piezas del mecano van uniéndose apaciguadamente. Podemos caminar por nuestro propio paso. Pero hemos empuñado una lanza de hermosura para defender algo inaudito: Andalucía. Bajo ese palio dulce quiero verte hoy: Andalucía nuestra, la que no se casó con ningún inglés como dijera Federico, Andalucía que nos nutre y nos engaña. Andalucía madre  novia, lancinante y preciosa como un buen sueño, rica de hazaña aventurera y cambiante, luminosa, para la vida y para la muerte acostumbrada de los días. Tú y yo, José Manuel, nos hemos empeñado quizá más que nadie – vanidades aparte- en defender a la madre escupida, a la novia manoseada, en juntar ímpetus, en armonizar voluntades y ofrecer a todos una disciplina, un orden, una empresa y un realce. Y nos hemos empeñado en esto exageradamente a veces, casi con la violencia porque la violencia es bella conveniente a veces ¿Qué otra cosa fue – y es- tu «Caleta» que un amarre andaluz de poetas, hecho con sentido propio? A ti y a mí nos duele Andalucía, nos alegra y nos conturba. Manos de fuera la intentan tocar, y ella se evade como un gorrión voluntario. Piernas de fuera la quieren inmovilizar, y ella se desposee con la ignorancia de una duquesa que se ignora entre amapolas nativas. Labios de fuera la persiguen con besos, y ella se dispersa como un chorro de fuente oprimido por un dedo. Esto es lo que nos quema y lo que nos une: amor a la tierra, fidelidad al sitio. De aquí, centro vivo, tenemos que partir, y saltar a la altura, de nuestro propio nacimiento entrañado y oloroso. Pero yo venía a hablar de ti, a «presentarte». Somos muy ceremoniosos. «Presentarte». ¿No estás ya presente? Habla tú por mí. Hablarás del amor en la poesía. No hace mucho Neruda afirmaba a un periodista que quien no escriba de amor por estimarlo atrasado es un memo o algo parecido. Un memo, digo yo, o otra cosa peor. Hablar del amor, como de la muerte o de Dios, es tremendo. Pero los andaluces somos también tremendos. Tremendos para decir tú lo tuyo aquí esta noche, con gripe, tremendos para encontrarnos aquí, una noche cualquiera, en Sevilla, en Andalucía, y romper tú a hablar enamoradamente, y yo a callarme y colgarme de los flecos del milagro de la poesía» 1.

Algunos años antes de esta carta tan esclarecedora de Mantero nace una revista como Caleta a la que José Manuel García Gómez le confiere su sello personal. Caleta nace como una revista de escasas miras en los primeros números hasta que empieza a remontar el vuelo y a erigirse en una revista literaria de importancia entre las revistas de su tiempo. En Caleta colaboran poetas del veintisiete como Rafael Alberti, Gerardo Diego o Vicente Aleixandre.

Con Aleixandre José Manuel García Gómez  cruzará un número apreciable de cartas. Fue un poeta sensible a su labor en favor de la poesía en Cádiz y colaboró en el número 12 de Caleta con un poema titulado «Solo horizonte». El poeta aparecía en aquel número tras José María Pemán y Carmen Conde lo que generó cierta polémica entre los que pensaban que Vicente Aleixandre por rango debía aparecer el primero en la revista. En carta fechada el 14 de marzo de 1956 el autor de En un vasto dominio le restaba importancia al asunto:

La atonía cultural de los años cincuenta en Cádiz trata de ser aliviada con la creación en 1950 de los Cursos de Verano de la Universidad de Sevilla. En la organización de los Cursos de Verano llegará a tener un papel significativo José Manuel García Gómez que forma parte en 1958 de la comisión de los mismos al lado de Miguel Martínez del Cerro, Jesús Ramos Martín, Francisco Sánchez Cossío y Augusto Conte Lacave.

La idea de los Cursos de Verano no partió de Pemán sino de los catedráticos Bernardo Perea y Miguel Martínez del Cerro. Con posterioridad José María Pemán adquiriría un protagonismo mayor dada su posición de privilegio en el contexto cultural de la época. Para dar una idea de los entresijos de los Cursos citamos al historiador Alberto Ramos Santana que relata el control excesivo que sobre los mismos ejerció el Secretario Bernardo Perea Morales. Resulta interesante este aspecto porque da una idea de la personalidad de José Manuel García Gómez que se enfrentó a Bernardo Perea, cansado de la arbitrariedad de sus decisiones. Recogemos a continuación un fragmento del libro Cultura y Política en la España de Franco: Una historia de los Cursos de Verano de Cádiz (1950- 1981) de Alberto Ramos Santana:

Este incidente pone de relieve la acusada personalidad de García Gómez que a partir del siguiente año dejaría de tener un papel relevante en los Cursos de Verano tras enfrentarse a Bernardo Perea quien abandonaría el control de los Cursos a principios de los años sesenta supliéndole Jesús Ramos Martín.

Un grupo de poetas gaditanos creó la revista Caleta en el año 1953 siendo mentor del grupo el catedrático y poeta gaditano Miguel Martínez del Cerro. En un principio se piensa en denominar a la revista Goleta, nombre también marinero y que alude a una pequeña calle del Barrio de Santa María.  Los estatutos de Caleta se definen en el Café Viena, un local en el que llamaban la atención sus asientos de terciopelo rojo. Eran reuniones de un solo café porque la economía de la época no podía dar para más. A una distancia prudente seguía las conversaciones de los jóvenes poetas un viejo camarero con una colilla de picadura sin lumbre prendida a su labio inferior.

La playa de la Caleta con la peligrosa arquitectura de sus piedras servía de punto de encuentro de los poetas que conformaban aquel grupo literario. La poesía combatía con su claridad sonora el viento de levante. Otro punto de reunión se hallaba cercano a la fábrica de Gas Lebón, en extramuros, en un lugar que la gente conocía como el de las tumbas fenicias. José Real, testigo de aquellos encuentros, recuerda en el siguiente texto a aquel grupo de entusiastas poetas reunidos en torno a la revista Caleta:

«Me parece que estoy viendo a José Manuel García Gómez, gaditanísimo él, pero con una faz en la que yo creía ver rasgos aztecas, desparramar sobre la mesa del Café Viena un inagotable y arrollador entusiasmo que nos arrastraba a todos; entusiasmo del que a veces se apartada un poco para hacernos sentidas confidencias sobre la muchacha que le gustaba. Esta chica, hermana de un compañero mío de estudios, era de una belleza imperfecta y vanguardista muy a lo Leslie Caron. Para mi gusto: una preciosidad de criatura. Comprendíamos perfectamente a José Manuel, puesto que casi todos sufríamos de lo que podría llamarse «enamoramiento a distancia», algo muy común en aquellos tiempos en los que no había tanto acercamiento entre los géneros como hay ahora. Lucrecia no asistió a todas las reuniones; pero, en aquellas en las que estuvo, su sola presencia bastaba para alterar el normal comportamiento de todos nosotros. Enseguida la tratábamos como la figura central del encuentro, aunque ella recibía nuestras deferencias y atenciones con suma seriedad, como no queriendo aceptar su papel de musa del grupo ni aprovecharse de ello. Para mí era una mujer de inteligente sensibilidad y muy valiente por dejarse ver sola en público con un puñado de hombres y medirse además con ellos. Tal era mi mentalidad en esos años. No recuerdo que cayésemos en el mal gusto de ampararnos en nuestra condición masculina y en nuestra superioridad numérica para gastarle las bromas propias del caso. Fue tratada con todo respeto, tanto cuando estaba ella delante como cuando no lo estaba. Rafael Soto Vergés, ensimismado y ausente cuando no hablada, y nervioso e inquieto cuando tomaba la palabra, era un muchacho de verbo fluido, apabullante, y bastante docto para su edad. Creo que él ya era consciente de su enorme potencial poético. Con el tiempo, ese potencial le ha valido para ser uno de los componentes del grupo con mayor proyección literaria. Juan Antonio Sánchez Anes era dentro del grupo lo que ese simpático chalado de Murdock era en el Equipo A de la popular serie de televisión. En un aparte me comentó que en algunas fiestas (guateques como se llamaban por aquel entonces) había pasmado a la concurrencia comiéndose, pétalo a pétalo, un par de claveles mojándolos previamente en vino amontillado. Un día que llovía me dijo muy serio que estaba a punto de inventar una especie de limpia-parabrisas para sus gafas que se accionaba mediante dos hilos (uno para cada cristal) que, partiendo de las «escobillas», terminaban cada uno en sendos bolsillos inferiores de su chaqueta. A veces inesperadamente te plantaba una mano en un hombro, te miraba fijamente a la cara, y te decía: ¡Siii…! ¡Que te lo digo! ¡Que te lo suelto…!» La imagen que tengo de José María Carrascal es la de un joven de pose recta, dado a llevar una mano estirada en el bolsillo de su americana con el dedo pulgar fuera, y dueño de una voz muy bien timbrada. Me parece que era un excelente recitador. Según me dijo alguien, de niño gustaba de organizar procesiones y disfrazarse de obispo.

Caleta formó parte de una serie de revistas claves de la literatura española de posguerra junto a Garcilaso, Espadaña, Proel, Cántico, Caracola, Poesía Española (después llamada Poesía Hispánica), Aljibe, Platero, Ágora, Deucalión, El Pájaro de Paja, Poesía de España, Postismo, La Cerbatana, Rocamador, Álamo, Alcaraván o Alfoz. Estas revistas poéticas, cada una desde su personalidad, suponían uno de los medios utilizados para luchar contra las amargas circunstancias. Eran corrientes excepcionales, en medio de una dinámica general ruinosa que llevó a muchos no ya a un exilio interior, forzoso y doliente, sino incluso a buscar en el extranjero esos aires que aquí no se respiraban. Este entorno viciado provocó este sentimiento de huida. La retórica franquista marcó mucho, obviamente, a esta generación. Ello terminó provocando un desánimo en toda iniciativa cultural, una sensación de frustración inevitable que forzaba al gregarismo, a la pleitesía, al clientelismo fácil y que imposibilitaba, lógicamente, toda libertad expresiva.

Desde la primera entrega de Caleta José Manuel García Gómez aparece como director de la publicación a la que irá imprimiendo su personalidad en sucesivas entregas. Caleta es heredera natural del espíritu de Platero2, la revista que guiara Fernando Quiñones en un núcleo inicial en el que también figuraban Felipe Sordo Lamadrid, Francisco Pleguezuelo y Serafín Pro. Platero tiene un precedente precoz que fue la revista El Parnaso erigida por el mismo grupo y que desarrolló su actividad entre 1948 y 1951. Platero mejoraría y maduraría el enfoque planteado en Parnaso. Entre 1951 y 1954, fecha fundacional y de cierre de Platero, la revista editó 24 números en los que hay que valorar esa independencia en la selección de colaboradores, a la búsqueda de no viciar el contenido de la revista con consignas oficiales. El legado de Platero fue amplio y tiene oportunos exegetas. Pero ello no puedo hacernos olvidar el relevo necesario que tomó una revista como Caleta, algo que lamentablemente no ha sido suficientemente estudiado ni valorado.

Los años cuarenta y cincuenta son pródigos en revistas literarias. Hay que recordar los nombres de Cántico, Espadaña, Escorial o Garcilaso. Cántico fue fundada por un grupo de poetas cordobeses de variadas y admirables hechuras líricas. Ricardo Molina, Juan Bernier o Pablo García Baena son algunos de sus miembros. La leonesa Espadaña (1944-1951) tuvo en Eugenio de Nora y en Victoriano Cremer sus pilares fundamentales. La revista Escorial, por su parte,  supuso un intento de enriquecer el desalentador panorama cultural de la posguerra. Detrás de esta revista se encontraba un grupo de escritores e intelectuales que entonces cabía integrar dentro del falangismo como Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar o Dionisio Ridruejo. Por último Garcilaso surge en 1943 y como cofundador figura el poeta José García Nieto junto a López de Ayala. El espíritu abierto de la revista será un modelo a seguir, del que por ejemplo aprendería Platero, y hay que apreciarlo más si nos fijamos en el contexto proceloso en el que se sitúa.

Si nos centramos en Cádiz y su provincia no podemos olvidar la aportación de Isla que fundara Pedro Pérez Clotet. La revista Isla marca un precedente muy importante para entender el posterior surgimiento de otras revistas literarias gaditanas. De hecho Isla es considerada la primera revista poética que tiene su cuna en Cádiz.  Tampoco se puede olvidar en este breve inventario de revistas literarias el ya citado grupo de poetas que surge en Arcos de la Frontera y que en los años cincuenta funda la revista Alcaraván. También se podría sumar a las ya enumeradas la revista jerezana Cauces con Francisco Montero Galvache como piedra angular.

Los estudiosos no le han dado a Caleta el lugar que merece entre las revistas andaluzas de su tiempo pese a la respuesta sensible que recibe de algunos poetas muy significativos desde Gabriel Celaya a Ángel Crespo pasando por Rafael Morales, Luis Felipe Vivanco o José Hierro. Gabriel Celaya colabora en uno de los primeros números de Caleta con un poema titulado «Vals». Luis Felipe Vivanco lo hará un número más tarde con un poema llamado «La paramera». Ángel Crespo, uno de los grandes estudiosos de Fernando Pessoa, escribe a García Gómez una carta en septiembre de 1957 agradeciéndole la reseña en Caleta de su libro La carta y el río.

Ni Fanny Rubio, autora de un indispensable estudio sobre las revistas poéticas españolas3 ni el profesor José Antonio Hernández Guerrero4 supieron ver la importancia de una publicación como Caleta. Entre 1953, fecha de la primera marea, y 1956, la salud de Caleta como movimiento y revista es espléndida, sale con regularidad  y se erige en protagonista literaria del Cádiz de aquellos años. Caleta fue una dignísima sucesora de Platero y mereció el interés de los principales poetas y escritores de su tiempo, entre ellos Camilo José Cela que en carta fechada en Palma de Mallorca el 2 de mayo de 1962 le pide a García Gómez que le mande los números de la revista que le faltan, ya que sólo dispone de los números 11,12 y 15.

Por las páginas de Caleta pasarán las primeras voces de la poesía española del momento. Cada marea de Caleta incluía un verso del famoso soneto de Lope de Vega que comienza diciendo «Esparcido el cabello por la espalda/ que fue del sol desprecio y maravilla/ Silvia cogía por la verde orilla/ del mar de Cádiz conchas en su falda…» Habrá números que tendrán una gran aceptación como el dedicado en 1955 a la poesía navideña que contó con dibujos de Juan Miranda, Ortiz Valiente y Cruceyra. En un principio iba también a colaborar en este número Gabriel Celaya pero decidió no hacerlo ya que no se sentía excesivamente cómodo en este género de poesía navideña. En la sección de crítica de libros serán comentados los Cantos iberos del propio Celaya junto a una Antología de poesía norteamericana de Louise Bogan. El número de poesía navideña contó con destacados poetas como la murciana Carmen Conde que colaboró con sus «Nanas celestes». El poeta malagueño Alfonso Canales también estuvo muy vinculado a Caleta y a García Gómez y dejó en este número su «Romance de San José». El ensayista, filósofo, crítico y poeta italiano Giovanni Papini colaboró en este número de Caleta con su «Soliloquio de Belén». El poeta sevillano Adriano del Valle (fundador de la ultraísta revista Grecia) unió también en este número su firma a Caleta.

La revista permitió estrechar lazos con la poesía andaluza del momento siendo muy especiales los que se establecen con la poesía sevillana. Además de Manuel Mantero colaboran en Caleta Rafael Montesinos, Aquilino Duque, Julia Uceda, María de los Reyes Fuentes o Rafael Laffón que le hace una crítica muy positiva a Caleta en las páginas de ABC.

Entre los números especiales de Caleta destacó uno dedicado a la poesía gaditana contemporánea5 que se inicia con Rafael Alberti y prosigue con el poeta jerezano Juan Ruiz Peña. A propósito de esta nueva entrega de la revista dijo Francisco Montero Galvache que Caleta no era una antología ni una revista sino que era como una nave particular de José Manuel García Gómez, en la que, de vez en cuando aparecían todos los poetas y que gracias a ella se conocían sus versos que quedaban retenidos contra las tormentas de los olvidos.

En ese número dedicado a la poesía gaditana no podía faltar Pedro Pérez Clotet ni el gran poeta de Arcos de la Frontera Julio Mariscal Montes ni los hermanos Murciano ni el poeta algecireño José Luis Cano con un soneto dedicado a su hija Teresa. También asomaba en aquella cuidada antología la personalidad inclasificable de Carlos Edmundo de Ory (fundador del postismo) o la riqueza expresiva del poeta y escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald que incluye un poema titulado «Espera» de su libro Las adivinaciones. La generación poética de 1936 se daba la mano con la generación poética del 50 en un número de Caleta de gran significación por ofrecer una síntesis de la poesía gaditana de aquel momento.

José Manuel García Gómez explicaba las intenciones de aquella antología en una entrevista aparecida en las páginas de La estafeta literaria en el mes de septiembre de 1956.  En aquella entrevista realizada por José María Segovia el poeta gaditano afirmaba que en la poesía era fundamental la sinceridad y la comunicabilidad. «El poeta no puede cantar por cantar. Poesía es palabra acertada que se dice para comunicarla. No admito las abstracciones aun cuando grandes poetas, por virtuosismo, hayan llegado a ellas».  A la pregunta de si en la poesía existían elementos autobiográficos García Gómez apuntaba que en la poesía si no existían elementos puramente biográficos sí existían elementos propios de la vida y añadía que «el poeta lleva al poema sus experiencias posibles y reales» y debía antes que nada trascender. José Manuel García Gómez señalaba en otro momento de la entrevista que el lector no era generoso ni estaba educado artísticamente. A continuación afirmaba que el gran poeta moderno era Antonio Machado y que defendía a Pemán señalando que había una minoría injusta que lo atacaba.

El número monográfico que dedica Caleta a la poesía gaditana marca el punto culminante de actividad de la revista. Los problemas económicos de la revista son en este momento evidentes como prueba una carta que Concha Lagos envía a José Manuel García Gómez en julio de ese año en la que incluso manda su propia contribución económica para tratar de salvar la revista. En tales circunstancias ve la luz un último número en el que aparece la colaboración de Gerardo Diego, tercer poeta del veintisiete en asomarse a las páginas de Caleta. Otro poeta que estrena colaboración es Ricardo Molina con un poema de carácter social titulado «Oda a un cortador de ladrillos». El malagueño Manuel Alcántara también se une a la revista de García Gómez con un hermoso poema titulado «Volver al aire que me tuvo un día». Manuel Mantero, Fernando Quiñones, Pilar Paz , Antonio Murciano, Ramón González Alegre, Aquilino Duque, María de los Reyes Fuentes, Felipe Sordo Lamadrid y Miguel Martínez del Cerro completan un número que tiene mucho de simbólico al cerrarse una etapa en Caleta que ha servido para dinamizar la cultura gaditana de su tiempo.

Dentro de los ya citados Cursos de Verano la actividad de los miembros de Caleta es constante. El jueves 30 de septiembre de 1954 tiene lugar en la Playa de la Caleta un homenaje a Leopoldo de Luis organizado por los poetas del grupo. El homenaje comienza a las 12 de la mañana y finaliza pasadas las 5 de la tarde, hora en la que Leopoldo de Luis toma el camino de vuelta hacia Madrid. En ese homenaje recitaron sus versos Rafael Soto Vergés, José María Carrascal, Antonio Luis Baena y el propio José Manuel García Gómez que leyó su «Carta retrasada a Celia Viñas» y el número 8 de sus «Poemas a una muchacha». Leopoldo de Luis cerró el recital leyendo poemas de su libro El padre y afirmó que la Caleta era la más hermosa redacción que podía soñar una revista de poesía. Leopoldo de Luis colaboró en el número seis de Caleta con un poema titulado «La señal». En ese mismo número apareció la «Elegía a un marinero» de José Manuel García Gómez.

En el año 1956 los miembros de Caleta organizaron un recital en honor de los cursillistas de la séptima edición de los Cursos de la Verano. El recital tuvo lugar en la Venta El Chato y lo abrió José Manuel García Gómez que habló sobre el significado de la poesía andaluza. Tras García Gómez intervinieron Pilar Paz, Ángel García López, Antonio y Carlos Murciano, José Luis Tejada y José Javier Alexandre.

Un año después la participación de Caleta en los Cursos de Verano se multiplica con la organización de un ciclo de conferencias donde tomaron parte en el paraninfo de la Universidad de Medicina Manuel García Viñó, Pilar Paz Pasamar, José Manuel García Gómez y los hermanos Murciano. García Gómez se decantó en su conferencia por el tema «Cádiz, poesía y técnica poética».

En 1958 Caleta prolonga su colaboración en los Cursos encargándose de nuevo de todo acto relacionado con la poesía. Vino invitado el poeta sevillano residente en Madrid Rafael Montesinos y junto a él participaron en el ciclo lírico de ese año el propio García Gómez junto a José Luis Tejada, Joaquín Albalate y Carmen García Surrallés. En una carta fechada el 24 de agosto de 1958 Rafael Montesinos le recuerda a José Manuel García Gómez su participación en los Cursos de Verano. Queda patente la amistad y complicidad surgida entre ambos poetas.

José Manuel García Gómez vive muy de cerca la presencia en los Cursos de poetas de la talla de Dámaso Alonso, el autor de Hijos de la ira, uno de los poemarios imprescindibles de la poesía española de la posguerra. En una carta dirigida al poeta gaditano en el mes de junio de 1958 le escribe lo siguiente:

A finales de los años cincuenta José Manuel García Gómez es un nombre a tener en cuenta en la poesía andaluza. El diario Ayer se hace eco en enero de 1958 del estreno en la Academia de San Dionisio de Jerez de La sibila Casandra de Gil Vicente en versión libre de José Manuel García Gómez y con introducción de la profesora del instituto Columela de Cádiz Carmen García Surallés.

En el año 1958 el poeta diserta en la Cátedra de Cante Jondo recién creada por la sección de flamencología del Centro Cultural de Jerez de la Frontera. Fue presentado en aquella ocasión por Manuel Pérez Celdrán, director de la Revista Atalaya de Jerez. La conferencia del poeta gaditano llevó por título «Sentido y permanencia del cante jondo». Son años en los que García Gómez se vincula también al mundo del flamenco siguiendo el ejemplo de otra serie de poetas que se sienten fuertemente atraídos por las señas de identidad del cante andaluz. Es el caso de Ricardo Molina, Fernando Quiñones o José Manuel Caballero Bonald.  José Manuel García Gómez se escribe en estos años con el flamencólogo Anselmo González Climent y se acompaña en sus conferencias flamencas del cantaor Chiquito de Cai.

En el mes de marzo de 1959 José Manuel García Gómez ofrece una conferencia en el Club La Rábida de Sevilla siendo presentado por el poeta sevillano Manuel Mantero. El poeta gaditano realiza un repaso de la joven poesía femenina andaluza destacando los nombres de Concha Lagos, Julia Uceda, María de los Reyes Fuentes y Pilar Paz. Precisamente con Pilar Paz Pasamar el poeta gaditano realiza un recital poético en el Ateneo de Cádiz en mayo de 1959 cerrándose las actividades del curso. García Gómez eligió para cerrar su intervención su «Elegía a Antonio Machado» y su «Oración para pedir el amor».

Llegamos en nuestro sintético itinerario al mes de febrero de 1960 en el que García Gómez regresa a la Academia de San Dionisio para ofrecer una conferencia titulada Historia de la poesía andaluza. Ese mismo mes le invita el Ateneo de Sanlúcar de Barrameda para abordar el mito de Don Juan en una ponencia titulada Don Juan o la frivolidad. Son algunos ejemplos de la actividad de José Manuel García Gómez en estos años.

 El poeta gaditano vivió de cerca en el mes de julio de 1960 la nueva edición de los Cursos de Verano que tuvo como invitado de absoluta excepción al escritor y académico francés Jean Cocteau que fue el encargado de abrir la programación con una disertación sobre poesía. Cocteau era una figura heterodoxa que también había dejado su sello en el cine con películas tan trascendentales como La bella y bestia. Ese mismo año que visita Cádiz estrena su última obra cinematográfica, El testamento de Orfeo  ejerciendo de mecenas François Truffaut. El encargado de presentar a Cocteau en Cádiz fue José María Pemán.

Con el escritor y cineasta Jean Cocteau y el poeta argentino Mario Norberto Silva

Del encuentro de José Manuel García Gómez con Jean Cocteau queda una fotografía en la que también aparece el olvidado poeta argentino Mario Norberto Silva, uno de cuyos libros de poemas llevaría ilustraciones del propio Cocteau. La visita del heterodoxo artista francés no quedó huérfana de detalles pintorescos y folklóricos con fiesta campera incluida en la finca de Los Alburejos propiedad de Álvaro Domecq  y velada flamenca en la legendaria Cueva del Pájaro Azul de la Calle San Juan que se prolongó hasta altas horas de la madrugada. La visita de Cocteau a aquel Cádiz poco dado a las excentricidades y la impresión que causó a los jóvenes poetas gaditanos la expresó Fernando Quiñones en su libro Fotos de Carne:

En ese mismo verano en el que Jean Cocteau recaló en Cádiz José Manuel García Gómez coordinó y prologó (sin apartarnos de los Cursos de Verano) una magnífica y minuciosa Antología de la Poesía Española en la que revelaba su profundo rigor crítico. Emilio de la Cruz le dedicaba a esta publicación un artículo en La información del Lunes el 4 de julio de 1960. A  la edición de los Cursos de Verano de 1960 se incorporó la Tertulia Hispanoamericana de Madrid dirigida por Rafael Montesinos que eligió a García Gómez como Secretario de la misma, mientras durara la presencia de ésta en los Cursos de Verano. Ante la Tertulia José Manuel García Gómez leyó el 9 de agosto de 1960 una conferencia titulada Espiritualidad de la joven poesía española. Como conferenciante el prestigio de García Gómez no dejaba de crecer.

Los años sesenta avanzaron en el calendario. En España llegó el desarrollismo y el boom turístico pero algunas cosas no cambiaban. La poesía social agotaba sus vías y el franquismo empezaba a dar los primeros síntomas de agotamiento. Son años en los que José Manuel García Gómez sigue desarrollando una interesante labor como conferenciante. El mes de septiembre de 1963 participa en el primer ciclo estival organizado por la Academia de San Romualdo de San Fernando con una conferencia titulada «Federico Chopin, el hombre y el músico». La música clásica constituía otra de las pasiones del poeta. En noviembre de ese mismo año encontramos a García Gómez en la Escuela la Salle de Puerto Real con una charla titulada «Poesía y plegaria». En 1964 el poeta gaditano empieza a dirigir el Aula de Literatura del Ateneo gaditano, Aquí también dejaría su impronta con una serie de actos sumamente interesantes que enriquecieron la vida cultural gaditana de aquellos años.

Un año antes empieza a dirigir la página cultural de Diario de Cádiz con una sección titulada Domingo-Letras de memorables contenidos. En esta página no faltan artículos de interés e incluso José Manuel García Gómez se encarga de comentar las novedades editoriales que se producen en el mundo de la poesía. Su sensibilidad lírica se acerca a la obra de Fernando Villalón, Ángel García López, José Luis Tejada, Manuel Mantero o María Victoria Atencia. A ellos destina atinados juicios críticos donde suele predominar el cariño y el respeto a la obra comentada. La idea es difundir obras que José Manuel García Gómez cree meritorias y por ello no se detiene en juzgar obras que no le interesan o que no le merecen la más mínima atención.

El 10 de febrero de 1964 fue inaugurada en el salón de la Biblioteca Municipal el Aula de Literatura del Ateneo que dirigió José Manuel García Gómez. El escritor gaditano Fernando Quiñones fue elegido para la puesta de largo del Aula de Literatura. Quiñones leyó algunos relatos que entonces estaban inéditos y que pertenecían a su futuro libro La guerra, el mar y otros excesos, libro que muy pronto pondría en circulación la editorial bonaerense Emecé con prólogo de Jorge Luis Borges. Presidió el acto José María Pemán y José Manuel García Gómez presentó a Quiñones como «el más grande y noble entre los jóvenes prosistas andaluces».

El miércoles 11 de marzo el Aula de Literatura del Ateneo llevó a cabo un homenaje al poeta sevillano Luis Cernuda. En él tomaron parte José Manuel García Gómez, José María Pemán que leyó un soneto dedicado a Cernuda, Pilar Paz Pasamar, Manuel Adrada y Joaquín Piserra. Al homenaje a Cernuda se sumaron en la distancia Gerardo Diego, José García Nieto, Rolando Steiner, Luis Rosales, Antonio Gala, José Manuel Caballero Bonald, José Luis Cano, Félix Grande, Luis Feria y Fernando Quiñones. El 14 de marzo de 1964 se puso punto final al ciclo de actividades culturales propuestas por el Aula de Literatura del Ateneo con el escritor Félix Ros que analizó la poesía española de los últimos veinticinco años.

No puede olvidarse la activa participación de José Manuel García Gómez en el Aula de Literatura del Ateneo de Sevilla al que acudiría en numerosas ocasiones como conferenciante ahondando en la obra de Antonio Machado, de Federico García Lorca y de otros poetas contemporáneos.

Durante 1963 y 1964 José Manuel García Gómez realizó una serie de entrevistas para Diario de Cádiz con personajes gaditanos de renombre como el cantaor Aurelio Selle al que entrevistó en mayo de 1964 o el historiador Augusto Conte y Lacave al que entrevistaría en abril del mismo año. Estas entrevistas aparecieron en una sección titulada Cádiz a la vista. Otros entrevistados fueron la poeta Pilar Paz Pasamar (junio 1963) el profesor Guillermo Morón (julio 1963) y el fotógrafo y también escultor Ángel Movellán (julio 1963)

La faceta periodística de García Gómez tiene su origen en los años cincuenta cuando empieza a colaborar en La información del Lunes y en Diario de Cádiz. En este rotativo dirige una página literaria de gran calidad. También destaca como articulista que observa su entorno, defiende el valor de la poesía y advierte a quien corresponde de los desmanes urbanísticos que afectan al patrimonio del casco histórico de la ciudad. Puede decirse (así lo recordada Fernando Quiñones en un artículo publicado en 1971) que José Manuel García Gómez salvó El Arco de la Rosa de su demolición en una época en la que se pretendía remodelar sin criterio alguno todo el barrio del Populo.

A esta destacada labor como articulista se une la relación de José Manuel García Gómez con Radio Juventud a través del espacio Versos a medianoche para el que escribía los guiones. Versos a medianoche era la emisión semanal del Grupo Caleta y contaba con las voces de Berta Edreira, José María Carrascal y el propio José Manuel García Gómez. La primera emisión del programa tuvo lugar en marzo de 1953 y contó con la intervención de José María Pemán que le dedicó un poema a Rafael Alberti titulado «Chuflillas en teguerengue».

En esta síntesis biográfica del poeta llegamos al mes de julio de 1964 en el que José Manuel García Gómez recibe la flor natural de los primeros Juegos Florales Sindicales por su poema «Parte de paz». La nota de Diario de Cádiz lo contaba del siguiente modo:

«Diario de Cádiz experimenta una gratísima satisfacción con esta flor natural que sirve de premio a José Manuel García Gómez, miembro de esta casa y director de la página literaria quincenal que tan rápidamente ha sabido acreditarse entre nuestros lectores amantes de las letras. García Gómez poeta de gran sensibilidad y de honda inspiración obtiene un justificado ascenso en su ya espléndida madurez y nosotros nos sentimos plenamente solidarizados con él en esta nueva victoria que viene a corroborar sus espléndidas perspectivas en el campo de la poesía».

El acto de entrega de esta Flor natural se celebró el 16 de julio de 1964 en el Teatro de Verano José María Pemán. El escritor arcense Jesús de las Cuevas fue mantenedor de un acto en el que también resultó premiado el poeta granadino Rafael Guillén por su trabajo «Amor y pan».

En estos años de sucesivos logros literarios José Manuel García Gómez ejerce la docencia, labor que llenará gran parte de su vida. García Gómez fue profesor del Seminario en Cádiz y del Colegio María Auxiliadora en Puerto Real, antes de emprender el maravilloso y arriesgado proyecto de fundar el Colegio Argantonio,  algo que llevaría a cabo en 1970.

José Manuel García Gómez formó parte en agosto de 1964 de los actos programados con motivo de la decimoquinta edición de los Cursos de Verano de la Universidad de Sevilla que cada año se celebraban en Cádiz. José Manuel García Gómez intervino el día 22 con una conferencia titulada «En torno a la poesía popular española».

En 1969 José Manuel García Gómez publica En medio de las olas, blanca y bella oda a Cádiz, a decir de Vicente Aleixandre. En medio de las olas es un poemario claro en el  que el poeta canta a su ciudad con emoción mirándose en la inmensa plenitud sonora de su mar al que cantará sucesivas veces. La ciudad que decía amar sobre todas las cosas es el motivo de inspiración de este poemario cargado de luz en el que nada queda sometido a la oscuridad o al dolor. Cuando publica En medio de las olas el poeta hace ya algunos años que ha contraído matrimonio con Catalina Gil Jiménez con la que tendrá tres hijos (José Manuel, Daniel y Luis).

Dos años antes de En medio de las olas el poeta gaditano pregona la Semana Santa de su ciudad. Es el 10 de marzo de 1967. Volverá a pregonarla el 23 de marzo de 1980, caso único, si exceptuamos a Francisco Montero Galvache. He aquí que llegamos a otra faceta interesante de su personalidad. No entendamos el pregón, en su caso, de una manera simplista. Sus pregones están muy lejos del amaneramiento, del verso pobre y ripioso, del tópico que suele acompañar a gran parte de los pregones. Los pregones de García Gómez eran ricos en referencias literarias y huían de todo efectismo. Su visión de la Semana Santa asumía una tradición a la que también Cernuda había evocado en un poema titulado «Luna llena en Semana Santa». No era la Semana Santa del tópico, era la que podía latir en los mejores poemas nostálgicos de Rafael Montesinos o en los de Manuel Mantero o Juan Sierra. Una Semana Santa de días iluminados según dejara dicho Alfonso Grosso, uno de los mejores narradores andaluces de aquel momento.

La revista Caleta regresó a la actualidad en el mes de agosto de 1967 con un número notable que coincide con el setenta cumpleaños de Pemán. Esta remozada Caleta se abre con el poema «Primicias» de Jorge Guillén, nuevo poeta del veintisiete en asomarse a la revista. Rafael Montesinos participa con varios poemas, entre ellos uno que titula «El viajero». A esta nueva travesía se unen viejos conocidos de Caleta como Alfonso Canales, Julio Mariscal, Juan Ruiz Peña o los hermanos Murciano siempre fieles a la llamada de García Gómez. José Luis Cano entrega un texto sobre Azorín y la poesía y Mauricio Wiesenthal otro en el que muestra su vinculación con Cádiz y con Pemán. Destacan en esta Caleta de 1967 el poema «Cine» de Carlos Rodríguez- Spiteri   y el titulado «A su lado» del poeta argentino Francisco Urondo. Otros poetas que completan la revista son Rafael Guillén, Fernando Quiñones y Leopoldo de Luís.

En el mes de junio de 1969 José Manuel García Gómez edita un nuevo número de Caleta que abre el poema «El aeda» que Ricardo Molina entrega a la redacción de la revista poco antes de su muerte. También colaboran en esta penúltima marea de Caleta José María Pemán, Julio Mariscal, Mariano Roldán, Alfonso Canales, Manuel Mantero, Luis Jiménez Martos o Francisco Garfías. El propio García Gómez cierra la revista con un poema dedicado a Simón Bolivar titulado «Contemplación del libertador».

La última Caleta de José Manuel García Gómez data de 1976 y es un hermoso número que rinde homenaje a Miguel Martínez del Cerro y a Pedro Pérez Clotet. Son números especiales por tratarse de poetas hacia los que García Gómez siente un profundo afecto. De Pérez Clotet estuvo al cuidado de la edición póstuma de su poemario Primer adiós.

En el año 1977 José Manuel García Gómez publica sus Cuatro canciones para Manuel de Falla, homenaje al músico gaditano en el que destaca la trasparencia del verso del poeta que no necesita de recargamientos o adornos para definirse. La Andalucía espiritual del músico se pasea en los cuatro poemas que conforman este breve libro de José Manuel García Gómez que forma un díptico de sensaciones con En medio de las olas.

La compleja década de los años setenta fue testigo del crecimiento del Colegio Argantonio, prolongación del ideario y del sentido humanista de la obra de José Manuel García Gómez. El poeta dedicó más de dos décadas de su vida al Colegio Argantonio situándolo entre los principales colegios de la ciudad de Cádiz con un programa educativo que constituía toda una novedad en aquel momento.

Seguirán llegando de manera intermitente los poemas, los pregones más o menos floridos, las charlas y los recitales, quedando lejos los sueños literarios de la juventud, aquella sintonía con el llamado taifato de Sevilla y con otros grupos con los que se sentía próximo. Habrá también proyectos inconclusos, versos que desaparecieron de su escritorio porque no acababa de verse reflejado en ellos, porque su exigencia le impedía dar por bueno aquello que no le convencía, que no creía publicable.

La vida que dialoga con la muerte desde el mismo instante en el que nacemos se quebró para el poeta gaditano en el mes de febrero de 1994. Su muerte causó una honda conmoción en la ciudad que le vio nacer pero su obra permaneció en el olvido institucional desde entonces pese a algún reconocimiento como la Medalla del Trimilenario a título póstumo que le concedió la ciudad de Cádiz.

 

  1. Carta fechada en Sevilla el 6 de mayo de 1959.  En una carta anterior a ésta Mantero mostraba su preocupación por la progresiva huida de los poetas de Sevilla con García Viñó en Madrid, Aquilino Duque en Alemania y Julia Uceda en Huelva antes de su marcha de España. Mantero terminará yéndose a Estados Unidos alejándose de un entorno poco propicio para la creación.
  2. Para un mejor conocimiento de Platero se antoja necesaria la lectura del libro La poesía del 50: Platero, una revista gaditana del medio siglo (1951-1954). Su autor es el profesor Manuel J. Ramos Ortega. 
  3. Fanny Rubio. Las revistas poéticas españolas (1939-1975). Ediciones Turner, 1976.
  4. Para comprender la generación poética del cincuenta  de la que forma parte García Gómez es recomendable el estudio y antología que José Antonio Hernández Guerrero y María del Carmen Guerrero realizaron en 2003. Nos referimos al volumen Poetas andaluces de los años cincuenta. Estudio y antología. Editorial Vandalia.
  5. En 1972 se publica con el patrocinio del Instituto de Estudios Gaditanos una Antología de Poetas Gaditanos del Siglo XX con prólogo y selección de Luis López Anglada. Un año después Juan de Dios Ruiz-Copete publica el libro Nueva poesía gaditana en el que figura en el índice bibliográfico final  José Manuel García Gómez.