Carta a Zenobia Camprubí

Artículo aparecido en La Información del Lunes en 1956. En noviembre de aquel año José Manuel García Gómez participa junto a Miguel Martínez del Cerro y José María Segovia en un acto en recuerdo de Juan Ramón Jiménez que tiene lugar en el Colegio Mayor Beato Diego. Joaquín Piserra recitó fragmentos del poeta moguereño. García Gómez tituló precisamente su intervención “Zenobia Camprubí, mujer del poeta”. El artículo se lo dedicaba a José María Segovia, amigo de Huelva.

Querida Zenobia:

Sí, sé que te debo carta, pero de verdad que no tengo tiempo para nada. Lo cierto es que de tantas cosas como tengo que hacer no hago ninguna, me cruzo de brazos y me voy por ahí a estirar las piernas. ¿Qué quieres que haga?…Este tiempecillo andaluz se ha hecho para perderlo. Se queda uno con la boca abierta, como si fuera un tonto, viendo como se alargan y se acortan las tardes, como sopla el Levante. Pero siempre así cruzado de brazos; como esperando que caiga algo del cielo. Y de verdad que cae; porque esta paz andaluza y milagrosa, esta bienaventuranza tiene su justicia y su mansedumbre y su pobreza de espíritu.

Pero ya ves, todo en esta vida va buscando su equilibrio, su cara y su cruz, y aquí me tienes intentando vencer el tiempo de Andalucía. ¿Por qué todo será como un equilibrio lleno de venas, de esperanzas, de dolores?…Quizá así todo resulte más maravilloso. Ni en amor ni en tristeza se puede poner fin. Yo cuando voy al cine lo que más me preocupa es la continuación; y todo lo nuestro es esto: ir pero sin finales rebuscados y triunfantes. Y hoy tenemos entre las manos lo que mañana puede volar.

Sé que estás muy bien, que aquel dolorcillo se te ha escapado como si Platero, trotón y ensortijado, se te fuera de la falda, camino del jardín, a beberse un puñadito de estrellas y de caballito de mar…Todo llega Zenobia, querida. ¿Verdad que te encuentras más ágil?…Los años son lo de menos. Porque lo que de verdad nos pesa es el corazón, que se colma de recuerdos, de dolores y de olvido. Y entonces se nos escapa, qué escapada, como si fuera un globo de juguete y echa a volar. Es algo así, tú lo sabes, ahora mejor que yo, como cuando encontrándonos sin salida y a punto de rendirnos se nos abre una puerta que no era desconocida, pero sí inesperada ¿Ves?…Lo que te decía antes del fin…Así sí que es maravilloso porque aún cuando no queramos las sorpresas, lo inesperado, nos salva de esa otra rutina de lo que tiene fecha y su final. Dime ¿algo consolador que se puede esperar?… Yo creo que no. Nunca me sentaría con la seguridad de enamorarme al atardecer o de triunfar una mañana. Se enamora uno pronto, pero «pronto» es tan informal como mi tiempo, como la primavera, como todo lo mecánico en España.

Estuve en Huelva y me alargué hasta Moguer, hasta Fuentepiña, hasta la calle de las Flores…Aguedilla tan loca como siempre, tan impaciente, con sus moras negras y rojas para el poeta. Si vieras a Platero…Sigue durmiendo con el hociquillo mirando al cielo, con su vientre panzudo florecido de tréboles y de jaramagos, los tréboles de más hojas y las flores más amarillas que he visto…Yo, tú, cargaba con todas estas cosas porque ahí no te ocuparán mucho sitio. Quería preguntarte una cosa ¿Cómo es el paisaje por ahí? Yo digo que el de Andalucía es el más parecido ¿Hay olivos y naranjos? Entonces ¿Dónde se posan los pájaros?…Porque no me vayas a decir que no hay gorriones y alondras, y hasta algún buitre blanquísimo convertido y bautizado.

Pero no me digas nada, ni estés ahí sobre la tierra como si te fueras a quedar para siempre. Sonríeme y cántame algún villancico; te copiaré todos los que sé y todos los que escriba para esta Navidad. Que bonito el verso aquel del poeta pensado para ti:

Salud, tú, de este romero,

presencia en toda la hoja.

Hondo quedar entre todo

lo que el cielo azula y dora.