Defensa de la poesía

Este artículo se publica en el año 1958 en la revista Escritor que dirigía el escritor onubense José María Segovia. En él José Manuel García Gómez expone de manera apasionada su visión de la poesía y de los poetas, una visión que exceptuando algunos apuntes impuestos por la época hoy podrían suscribir muchos poetas, como un modo de defensa y reivindicación frente a la marginación cada vez más generalizada que sufre la poesía.

Hay que defender la poesía. No me refiero a la poesía de las preceptivas literarias, ni siquiera a ésa que de cuando en cuando aparece en el periódico o en la revista de provincia. La poesía, de la que yo hablo es bien distinta. Se trata de la poesía que tienen las cosas, de ese arranque íntimo que sostiene a esa otra poesía del poema, porque, indudablemente, no hay realidad lírica sin esa realidad constituida por la vida, la vida con sus pequeñas y grandes cosas: los hombres, las ciudades, el dolor, la alegría. Exactamente igual que existe una sobrenaturalidad por la que el hombre debe aspirar a Dios, también debe haber una «sobrenaturalidad» de las cosas, un alto sentido poético por el que ellas sean más amables y bellas, más trascendentes y valiosas. Y ésta es la función de la poesía: levantar la vida al plano de la belleza, descubrir el lado maravilloso de las cosas, su aventura y su afán. La poesía no tiene otra misión que la de «alumbrar» la vida porque ella es como la luz evangélica que hay que colocar bien alta para que el camino se haga fluyente y claro. Y los poetas no son más que los descubridores de esa luz. Todo tiene su latido, todos es bello y merece vivirse si se lo sabe descubrir a punto. Los hombres, la tierra, las flores no son únicamente eso que vemos; es como si estas cosas se continuaran por dentro, tuvieran por dentro un mundo desconocido, un ritmo íntimo a la par que ese otro temporal y exterior. A muchos se les habla de la poesía o del poeta y se sonríen: es como si no tuvieran fe para la belleza. Se sonríen porque son incapaces de seguir, de adentrarse por ese otro lado superior hecho de emociones, magias y perennidades.

Yo he dicho, en otra ocasión, que la vida había que vivirla «poéticamente» y que de no vivirla así bien poca cosa valía la vida. Porque ¿qué hace que cada minuto tenga una esperanza distinta? ¿Quién es el que le impone riesgo y emoción a las citas, a la primavera o al otoño?…Creo que la poesía. Emocionarse es vivir poéticamente. Amar es vivir líricamente: vivir no en los catorce versos de un soneto, porque el poema- lo que constituye su técnica- será siempre lo de menos, sino vivir de ese extraño y milagroso soplo que está sosteniendo al poema, por el que los versos tienen sentido y razón, por ese aire encariñado y subterráneo que es en definitiva la poesía.
La poesía no es el poema ni el poeta que es el hombre al margen de los otros hombres. La poesía se apoya en la misma vida, el poeta no hace más que cantar lo que ve, lo que ve y siente. Las preceptivas hacen una división de épicos y líricos que a mí no me parece del todo acertada. El poeta canta, pero no por cantar. Toda la poesía es subjetiva, íntima, como resultado de la misma vida. Y si el poeta canta es porque lo necesita, porque el mundo exterior ha sido captado por él, su gran aliento ha encontrado eco en él. El poema- escribe Max Kommerell- es un símbolo del alma. En todo caso la poesía será épico- lírica, pero nunca separadamente lírica o épica. Y si afinamos más, lo que el poeta hace o debe hacer no es cantar sino clamar, porque la poesía no se hace sino de carne y sangre; todos los hallazgos poéticos han sido, antes, realidades concretas que el sostén lírico está en esa cantera inagotable de las emociones y de las cosas diarias. El poeta canta lo que ve, canta de las cosas su sentimiento, su dulce monotonía, su dolor. El poeta no será nunca el hombre de la alegría: Machado lo ha confesado en aquel «se canta lo que se pierde». Todo poema tendrá siempre ese fondo de esperanza, de ascensión; ese dolor escondido e íntimo. Cuando las cosas están ahí, solucionadas, no hace falta cantarlas ni llorarlas. Tan sólo cuando se ve en ellas lo que tienen de huida, de aventura, de riesgo, entonces, únicamente entonces, el poeta necesita acercarse a ellas y «nombrarlas».

No sé que sería del mundo si arrinconásemos la poesía. Equivaldría a matar la ilusión, la fe, el encanto. Y la vida no tiene sentido, a mi juicio, si no es encantándose. Todas las cosas están unidas a Dios y a la tierra por un hilillo trasparente, y tan peligroso es romperlo por un lado como por otro. Del lado de Dios está la sobrenaturalidad, el misterio, el amor, todas estas cosas pertenecen, de algún modo, a la poesía. Para llegar a ellas hay que desnudarse de muchas otras, hacerse «niños». El Reino de los Cielos no es el premio para la juventud y la inexperiencia. El cielo está para los humildes, para los sencillos, para los bellamente ingenuos, confiados y amadores. Casi de esta misma forma se llega a la poesía, con el corazón limpio y dispuesto para creer y ser encantado.