Testimonio de José Real
«Me parece que estoy viendo a José Manuel García Gómez, gaditanísimo él, pero con una faz en la que yo creía ver rasgos aztecas, desparramar sobre la mesa del Café Viena un inagotable y arrollador entusiasmo que nos arrastraba a todos; entusiasmo del que a veces se apartada un poco para hacernos sentidas confidencias sobre la muchacha que le gustaba. Esta chica, hermana de un compañero mío de estudios, era de una belleza imperfecta y vanguardista muy a lo Leslie Caron. Para mi gusto: una preciosidad de criatura. Comprendíamos perfectamente a José Manuel, puesto que casi todos sufríamos de lo que podría llamarse «enamoramiento a distancia», algo muy común en aquellos tiempos en los que no había tanto acercamiento entre los géneros como hay ahora. Lucrecia no asistió a todas las reuniones; pero, en aquellas en las que estuvo, su sola presencia bastaba para alterar el normal comportamiento de todos nosotros. Enseguida la tratábamos como la figura central del encuentro, aunque ella recibía nuestras deferencias y atenciones con suma seriedad, como no queriendo aceptar su papel de musa del grupo ni aprovecharse de ello. Para mí era una mujer de inteligente sensibilidad y muy valiente por dejarse ver sola en público con un puñado de hombres y medirse además con ellos. Tal era mi mentalidad en esos años. No recuerdo que cayésemos en el mal gusto de ampararnos en nuestra condición masculina y en nuestra superioridad numérica para gastarle las bromas propias del caso. Fue tratada con todo respeto, tanto cuando estaba ella delante como cuando no lo estaba.
Rafael Soto Vergés, ensimismado y ausente cuando no hablada, y nervioso e inquieto cuando tomaba la palabra, era un muchacho de verbo fluido, apabullante, y bastante docto para su edad. Creo que él ya era consciente de su enorme potencial poético. Con el tiempo, ese potencial le ha valido para ser uno de los componentes del grupo con mayor proyección literaria. Juan Antonio Sánchez Anes era dentro del grupo lo que ese simpático chalado de Murdock era en el Equipo A de la popular serie de televisión. En un aparte me comentó que en algunas fiestas (guateques como se llamaban por aquel entonces) había pasmado a la concurrencia comiéndose, pétalo a pétalo, un par de claveles mojándolos previamente en vino amontillado. Un día que llovía me dijo muy serio que estaba a punto de inventar una especie de limpia-parabrisas para sus gafas que se accionaba mediante dos hilos (uno para cada cristal) que, partiendo de las «escobillas», terminaban cada uno en sendos bolsillos inferiores de su chaqueta. A veces inesperadamente te plantaba una mano en un hombro, te miraba fijamente a la cara, y te decía: ¡Siii…! ¡Que te lo digo! ¡Que te lo suelto…!»
La imagen que tengo de José María Carrascal es la de un joven de pose recta, dado a llevar una mano estirada en el bolsillo de su americana con el dedo pulgar fuera, y dueño de una voz muy bien timbrada. Me parece que era un excelente recitador. Según me dijo alguien, de niño gustaba de organizar procesiones y disfrazarse de obispo».
