Elegía para Antonio Machado

A Antonio Machado José Manuel García Gómez le dedicaría varias conferencias.  Con este poema abraza al poeta sevillano como símbolo de la España perdedora de la guerra civil, aquella que hubo de emprender un duro camino hacia el exilio.  “Elegía para Antonio Machado” aparece publicado en 1956 en una antología de poesía española editada por Aguilar. En su Antología de poesía española García Gómez escogería varios poemas de Antonio Machado, entre ellos el famosísimo “Yo voy soñando caminos”, undécimo poema del libro Soledades, Galerías y otros poemas que recopilaba hasta 1907 su obra poética.

Joan Manuel Serrat recitó este poema en el documental En medio de las olas. Rescatamos el recitado completo por parte del cantautor catalán que en el documental lo comparte con el cantautor portuense Javier Ruibal.

 Ya ves, Antonio, tú y yo

 

casi al borde del único destino.

 

Los otros van, se vienen de la vida,

 

no saben qué cantarse ni decirse,

 

porque no vieron nunca el mar

 

de los olivos,

 

los blancos dientes

 

que muerden la naranja,

 

por los que corre el zumo de la fruta.

 

 

Y yo aquí, al borde de tu muerte,

 

sintiéndote venir como de arriba,

 

como de un viento que se quedara

 

preso en las alas de la red tendida,

 

del hilo enmudecido por las veinte estaciones;

 

los estíos que queman

 

tu rincón en la tierra,

 

que será como un horno de frutas

 

que se doran, y el sol como el hornero

 

de tu sepultura.

 

Yo sé, y no quiero decírtelo…

 

Miedo, sí, miedo a tu muerte,

miedo a esa voz que corta sin cuchillos,

 

que aprisiona y apaga los ríos de la sangre,

 

que no querrá dejarte volver,

 

que te tendrá tan atadas las manos

 

a la espalda

 

que no habrá otro remedio que dormirse,

 

que pensar que la vida

 

no es más que un sueño triste,

 

inexplicable, una voz tan oscura

 

que se queda sin ganas en el aire.

 

 

Todo me sigue igual. Florecen

 

y se mustian los campos, jugamos

 

con la vida, vuelan los mismos pájaros,

 

y el aire que nos corre

 

volverá a deshojar las mismas rosas,

 

saltar el pez de la fuente al anzuelo.

 

Y yo sigo mirando con los buenos ojos

 

al hombre que se acerca,

 

o a la mujer que cruza su mirada.

 

 

Ya ves, Antonio. Tú ves que sigo

 

recordándote, rezándote a la hora

 

de decirme

 

que ya no eras Antonio, que

 

la muerte te acribilló a balazos

 

en la esquina,

 

te segó el corazón como una espiga

 

para el redondo pan de otro granero.

 

Era entonces cuando

 

perdiste el paso. Se le cayó a la tierra

 

una lágrima azul de tu costado.

 

Porque, Antonio,

 

ese camino es corto

 

para tanta andadura, para tanta

 

leve caricia que se queda en los dedos.