Llamando Cádiz a todo lo dichoso

Cádiz, que en el rutilante endecasílabo de Guillermo Díaz- Plaja, surge blanca de cal y azul de sentimiento, celebra una vez más, a la sombra de sus antiguos Carnavales y por un divertido y discutido juego de nombres y de fechas, el brillante espectáculo de sus Fiestas Folklóricas…

Cádiz, dulce y despierta, se engalana en la víspera de su fiesta y late como el pequeño y puro corazón del poema juanramoniano. La brisa de su mar, que ha mecido treinta siglos de su cabal hermosura, mece ahora el abanico de oro de su risa, y con él, y por Puerta de Tierra, la tartana lila de los versos del poeta…Y de balcón a balcón las serpentinas trazan sus frágiles guirnaldas de papel, y las calles se alfombran de colores y se coronan de entusiasmo…Y la chirigota y la comparsa, la letra y la retórica, el soniquete y el gesto definen certeramente la arrolladora simpatía gaditana, la peculiar guasa de Cádiz, esa refinada guasa que no se improvisa porque es un regalo del cielo:

Se ha vuelto Cádiz loco

con el tranvía.

¡Vaya negocio bonito

que ha hecho la Compañía!

Aunque parezca broma

hay gaditana que sueña

con el trole

y la campana.

Y algunos que no tienen

ni pa café,

van tres veces al día

a San José.

En esa divertidísima agenda de los carnavales gaditanos – que componen, como en una airosa décima diez días de permanente jolgorio- se incluye un apretado y vibrante programa festero: el luminoso y competido concurso del Falla, «donde se ponen en satírica solfa las más jocundas páginas costumbristas del pueblo»; el gentil espectáculo de la coronación de la reina, de una reina siempre joven y hermosa, que este año, es además, tan gaditana y dulce como la mar de la Caleta; el primoroso tinglado jaranero de las casetas; el multitudinario derroche de las brillantes cabalgatas; los ruidosos y fantásticos fuegos artificiales; el callejeo carnavalesco, al que Cádiz presta su delicado aire dieciochesco, y sobre todos, y todas, el ritmo del tango, el punzante aguijón del ingenioso y gaditanísimo cuplé, la atrevida picaresca de la chirigota:

En esta tierra preciosa

como en el mundo no hay dos,

salen ciertos refranes

con una guasita muy superior.

De la niña ¿qué?

De la niña…¡ná!

Y la niña, dale que dale

y dicen…Que está…

De la burra ¿qué?

De la burra…¡ná!

Anda y ve a fulano…

y te lo dirá.

 

Y en la Plaza de San Juan de Dios, donde las palmeras (Teófilo Gautier decía que a la sombra de una palmera no se puede ser desgraciado) juegan a ser columnas con sus verdeantes capiteles al viento y donde ayer se corrieron cañas y se alancearon toros, Cádiz levanta ahora, con risas y colgaduras, la esbelta estampa de un trono que servirá de escenario al bello acontecimiento de la coronación de su reina, que, en la noche gaditana, y como en un delicado madrigal rubeniano, recibirá, con aromas de ultramar, el rendido homenaje de esta cortés y náutica ciudad milenaria, un homenaje que colma esos otros que la reina habrá recibido ya en su graciosa visita por los barrios populares: barrio de Santa María, por donde, como en la canción, «soplan queditos los aires de la más noble y peinada gitanería»; barrio de la Viña, nostálgico y caletero, encalado y milagroso; barrio del Mentidero, donde la Gitanilla del Carmelo borda cada año una copla y rima una flor, para la reina, con el oro y el verso de sus manos sin años, tan colmadas de buenaventuras…

El Carnaval de Cádiz fue como el de muchas ciudades españolas, tan divertido y luminoso como los demás, aún cuando los gaditanos conservemos- como dice José María Pemán- una tendencia invencible a «carnavalizar» cualquier fiesta, y gustemos, lo mismo en Carnaval que en Corpus o en Nochebuena, de esa sonriente y volandera mercancía de los sombreritos de cartón, los pitos, los plumeros y las serpentinas. Es cierto que nuestro carnaval disfrutó, en ocasiones de una mayor brillantez; soplarían sobre él las saladas brisas italianas, a través de los emprendedores navegantes genoveses y venecianos. Sin embargo, nada de esto hizo de nuestro Carnaval un Carnaval distinto al celebrado en otras ciudades de España.

Más tarde – a partir, quizás, de año 1869- el Carnaval gaditano adquiere rasgos muy particulares. Cádiz, silbando al son de la melancolía, rima, del brazo de su agilísima musa popular, sus desventuras y pone en solfa sus propias inquietudes. El Carnaval gaditano adquiere, entonces, sus matices más peculiares, y, con ellos, manifiesta su salada originalidad. Pero esta originalidad, encerrada en el búcaro albertiano, búcaro fino y poroso de azul, no se expande hasta no recibir de América, de Cuba o de Las Antillas, esa sonrisa, ese soplo, ese pañuelo al viento que ha hecho del Carnaval gaditano nuestra fiesta mayor, nuestra fiesta única. Fiesta mayor como la mayoría de edad gaditana, porque no en balde Cádiz es quinientos años más antigua que Roma y trescientos años más antigua que Cartago. Fiesta única porque Cádiz es única, y porque Cádiz está en el centro del mundo, porque Cádiz es, como cantaba el poeta, la gracia, la razón y la medida.

El Carnaval de Cádiz, ese Carnaval que ya no tiene nada que ver con el de otras ciudades españolas por su personalísimo talante y su repajolera gracia alada, a la que ha hecho tantas veces referencia el cálido escritor José de las Cuevas, ha recibido, en sucesivas y reconfortantes oleadas, las influencias de América. Cádiz y América han compuesto un bello pareado de idas y venidas, de puerto a puerto, con la rima común y en consonante del Atlántico. Y si aquí soplaron los vientos de Caribe, allí ceceó nuestro levante. Y de aquí la copla y la guitarra, y de allí la guajira y la colombiana; y de aquí la rosa y la espiga, y de allí el dulce de guayaba y el azúcar cande. Y llegaron de América la rumba y el danzón, el ritmo cubano y la cadencia antillana, el son de América y la melaza negra. Y fueron de España, como en el bellísimo poema de José María Pemán, las jaras de Sierra Morena, la luz y la armonía, la risa y el gozo.

Ramón Solis, que con tanto acierto ha buceado por la salada historia gaditana, y que, como en el verso, ha navegado por el mar de Cádiz en un carrito tirado por un salmón, afirma que fueron muchas las cosas que, alrededor de los años ochenta, salieron de Cádiz para los países de ultramar, y muchas, también, las que llegaron en viajes de retorno. En viaje de retorno, sin duda, llegaron un día hasta nuestra orilla los Carnavales americanos que se realizan a base de agrupaciones muy similares a las nuestras, aunque no es difícil advertir – comparando las canciones, el ritmo y el espíritu de las comparsas americanas con las de Cádiz- que nuestras agrupaciones son una caricaturización de aquellas. Cádiz, con ese sedimento carnavalero tan viejo como ella misma, gaditanizó de tal manera aquellos Carnavales de América que pronto adquirieron, con la guasa, la sutileza y la agilidad gaditanas, su propia personalidad. Y así, si de América, son las influencias, de Cádiz es la gracia, la ironía, la sal y la pimienta:

Al nuevo alcalde de Cádiz

le ha dado por la finura

y le ha puesto campanillas

al carro de la basura.

Cádiz ha dado a su Carnaval, a su fiesta, el filtro de sus tres mil años de sabiduría y de ocio, y con él, su elegante desgana y salada indolencia, su despabilada guasa con la que se ríe, desde siempre, hasta de su sombra…Y la guasa se afila en la copla, la copla ingeniosa y riente que evoca la «opinión popular» y acoge en su vivo repertorio los más diversos sentimientos…Porque la copla es eso: ingenio y picardía, expurgo y crítica, comentario y juicio de cualquier novedad o acontecimiento que repercuta en la salinera quietud gaditana.

Y las comparsas y las chirigotas que, en su ritmo y su gracejo, s pito gangoso y su extraño y exótico trabalenguas, componen una estampa gremial de muy entrañables resonancias. Sus voces, que los fríos amaneceres del muelle pesquero o el duro martilleo de la factoría o del dique han desgarrado hermosamente, adornan el cielo gaditano con su retórica y poética carnavalescas, con la sal y la gracia de este rincón de los perdidos atlantes y con el oro de aquellos duros antiguos «que tanto en Cádiz/ dieron que hablar».

Así es Cádiz. Dando siempre que hablar – que hablar bien- a los que se miran en su mar y en su gracia, y a los que, por lejanos, no pueden asomarse a su salada claridad. Pero desde lejos, como Rafael Alberti, siguen llamando Cádiz a todo lo dichoso, a todo lo luminoso.

Artículo aparecido en Diario de Cádiz en 1970. José Manuel García Gómez fue mantenedor de las Fiestas Típicas Gaditanas en 1973 y en 1976. Su manera de entender el Carnaval de Cádiz queda plasmado en este artículo donde tiene muy en cuenta los aportes de su buen amigo Ramón Solís en su clásico Coros y chirigotas. En TVE también colaboró a finales de los años sesenta en el programa Fiesta de Julio Caro Baroja que en una de sus entregas se fijó en el Carnaval de Cádiz.